Evangelio 3° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.

Jesús les dijo:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Palabra del Señor.

Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Es casi el comienzo del Evangelio de Marcos, Jesús llega como con prisa: apremiando, despertándonos a los que vivimos soñolientos, demasiados tranquilos, instalados. Para que quede bien claro, desde el principio, que hay mucha tarea por delante. Que el Reino de Dios no es una fruta silvestre, al alcance de la mano del primero que pasa; sino más bien es el final de un largo esfuerzo, donde se han ido amasando, codo a codo, el pequeño sudor del hombre y la gracia vivificante del Señor. Que no hay tiempo que perder. Que hay que poner manos a la obra.

¿Y cuál es la tarea? Nada más y nada menos que esta: «convertíos y creed en el Evangelio»

Así de claro, así de radical.

Convertíos es tanto como decirnos que nos hemos equivocado de camino, que igual llevamos demasiado tiempo dando vuelta a la noria de nuestro yo, que no podemos seguir acumulando riquezas que terminaran pudriéndose un día en nuestras manos. Que ya está bien de desigualdades y guerras, de pisar al otro, de las mentiras, odios y violencias. Convertirse es cambiar de vida, hacer borrón y cuenta nueva.

«Creced en el Evangelio». He aquí la cuenta nueva. Es abrir de par en par el corazón, y dejar que lo refresque la lluvia limpia de la Palabra. Es dejarse conducir, en la niebla, por la mano de Alguien que nos ama. Es fiarse plenamente del Padre: ver con sus ojos, intentar amar con su corazón. Es decirle un ‘sí’ grande, total, como el de sus discípulos a la orilla del lago que dejándolo todo, firmaron un cheque en blanco y le siguieron. Es en definitiva, acercarse a todo hombre e invitarle a formar parte de esta manera tan divina de ver la vida y de cuidar a los hombres, nuestros hermanos. ¿Estamos en ello?

¡Feliz Domingo!

No te olvides de seguir rezando por la unidad de los cristianos.

Evangelio 2° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42)

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

Después de escuchar este relato Evangélico qué agradecidos tenemos que estar a todos aquellos hombres y mujeres que conociendo a Cristo se han sentido tan enganchados a Él que lo van contagiando a otros. ¡Benditos los testigos que han hecho posible que la Fe llegue viva hasta nosotros, hasta nuestro dias!

Gracias al testimonio de Juan estos dos discípulos conocieron a Jesús: “Fueron, vieron …. y se quedaron con Él” Quedarse con Él es tomarlo, en adelante, como único Maestro. Es dejar atrás la duda, ese ir dando tumbos sin sentido por el pecado y por la muerte, y entrar en la Buena Noticia que nos salva. Ha bastado, por nuestra parte, el gesto de abrir la puerta, y Él se nos ha entrado en el corazón: se nos ha manifestado. A partir de este momento, ya no seremos nosotros: será Él quien viva en nosotros. Y todo lo empezaremos a ver con otros ojos: los suyos. Todo tiene ya un sentido nuevo, desde la risa hasta la cruz. Ya vale la pena vivir. Y morir.

Y entonces, acontece lo inevitable. Aunque quisiéramos, no podemos guardar para nosotros la noticia que nos ha hecho tan felices. No se puede ocultar por mucho tiempo la alegría. Lo delata los ojos, luego el semblante, de ahí pasa a los labios y a la vida. Porque es imposible guardar para si una alegría que nos está haciendo brincar el corazón. Y salimos por ahí comunicando a otros que, por fin, hemos encontrado a alguien que da sentido a nuestra vida: “¡Hemos encontrado al Mesías!

Y la cadena sigue, y sigue. Hasta nosotros. Hasta ti.

¡Feliz Domingo!

Evangelio Festividad del Bautismo del Señor

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,7-11)

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor

La Navidad termina hoy con la fiesta del Bautismo del Señor. Termina viendo a Jesús ponerse a la fila de los pecadores para recibir el bautismo de Juan por el agua del Jordán. Como uno más, como si fuera uno más, entra en la fila de los necesitados, del pueblo llano, de los que tienen que esperar su turno en todas las ventanillas del mundo, de los que nada pueden exigir. Entra en la fila de los pobres. Y así, con esa inmensa y sorprendente humildad, viene a salvarnos. Pero no con una salvación importada, postiza sino una salvación desde dentro. Tomando en serio al hombre con toda su oculta grandeza. Dejando que resuene en todo nuestro ser las únicas palabras, la voz potente y suave de Dios que declarando su amor por su Hijo y por cada uno de nosotros. Escuchar esa voz en el fondo de nuestro corazón nos dará la fuerza necesaria para afrontar el camino de la vida. Si Dios te ama, si está contigo ¿a quién o a qué temeremos? Ésta es la fuerza de nosotros los débiles. Este es el regalo inmenso que Dios nos ofrece en el bautismo, nos hace HIJOS y no de cualquier manera: ¡HIJOS AMADOS!

Necesitamos escuchar esta voz, necesitamos poner mirada atenta, oído vigilante a Jesús, a su vida y a su Palabra, pues solo así creceremos y viviremos verdaderamente como hijos de Dios.¡Renueva hoy tus promesas bautismales! vive con más pasión y entrega tu bautismo, tu ser hijo y entonces, te lo aseguro, serás feliz.

¡Buen Domingo!

Evangelio de la Epifanía del Señor

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (2,1-12)

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.»» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

«Hemos visto salir su estrella, y venimos a adorarlo» Esa es la fe de los Magos de Oriente que hoy nos recuerda que este Niño-Dios ha nacido para todos. Una fe como aventura maravillosa; como llamamiento a salir de nuestro rinconcito caliente; como invitación a abrir los ojos de dentro y ver las cosas de otra manera, con una profundidad distinta; a la manera de Dios. La fe como un aprender a descifrar su Palabra, que nos lleva a otra clave; a descubrir su rostro en otro, su huella en la vida, su amor en el sufrimiento.

Vamos a buscar, a encontrar, a reconocer a ese recién nacido. Y a ponerlo a mandar en nuestras vidas.

Y luego, al volver de Belén, seamos «estrella» para los otros: testigos del amor y de la esperanza.

Hay mucha gente esperando.

¡Feliz día de Reyes!

Evangelio de la Festividad del Dulce Nombre de Jesús

Lectura del santo Evangelio según san Juan (1,29-34)

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor

Con la mirada todavía puesta en el Niño de Belen, el Evangelio de hoy pone en boca del Bautista una confesión de fe que ha pasado a formar parte de la vida de todos los creyentes: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La escuchamos en cada Eucaristía, la repite el sacerdote antes de la comunión. Quizá por eso nos hemos acostumbrado y no nos asusta la grandeza de este Misterio de amor que encierra. Es que nos acostumbramos muy pronto al Misterio. Como que tuviéramos derecho a ello.

Quizá nosotros, desde la infancia, tenemos la suerte de escuchar esas palabras, si no cada día, sí cada domingo, y a fuerza de oírla y repetirla nos hemos acostumbrado a ella, y en cambio, estamos llamados a hacerlas vida. Si el Cordero de Dios, el Esperado, el Mesias está entre nosotros quiere decir que Dios ha venido a quedarse para siempre: ¡Corre por nuestras venas la savia del amor eterno de Dios y eso se nos tiene que notar!

Evangelio Festividad de Santa María, Madre de Dios

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21)

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

El primer día del año civil, los cristianos celebramos la fiesta de Santa María, Madre de Dios, expresando así nuestra plena confianza en la vida y en Dios, al inicio de un nuevo año, pues nos sentimos arropados por la mirada materna y acogedora de la que hizo de su vida un si para Dios y para toda la humanidad.

También, celebramos los Cristianos en este primer día del año, la jornada mundial por la Paz bajo el lema: “inteligencia artificial y paz”. Dónde el Papa nos pide esfuerzos para que la inteligencia artificial pueda contribuir a la resolución de conflictos y de las injusticias y que sea una aportación a la «fraternidad humana y a la paz».

Que Dios, en este año nuevo, mueva los corazones de todos los hombres, nos cure la ceguera que no nos deja ver más allá de nuestros intereses y nos dé el don precioso de amarnos como hermanos, verdadero fruto de la paz.

¡Feliz año nuevo!

Evangelio de la Festividad de la Sagrada Familia

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2,41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»

Él les contestó: « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.

Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Palabra del Señor

Hoy en este Domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. El Evangelio relata el episodio en el que Jesús abandona a sus padres para quedarse en el templo con los doctores de la ley, parece que se hace consciente, de que ya es el momento de empezar a ocuparse de las cosas de su Padre. El incidente termina bien: “Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”

Es en una familia donde se arropa la semilla que acaba de nacer, mientras el tallo es débil; por eso Dios, que se hizo tan débil en Jesús, necesitó los cuidados, el cariño, el amparo de José y de Maria. La familia cristiana viene a ser como un pequeño milagro. En ella florecen, contra viento y marea, los valores más preciosos de la vida -precisamente aquellos que no pueden comprarse con dinero-: el amor que se entrega más al que más lo necesita, el perdón gratuito, la fidelidad sin limites. Valores amenazados por el mundo implacable de los intereses. Valores, lo sabemos todos, que a la hora de la verdad, dan la clave para una solución, todavía posible, de tantos problemas que nos ahogan. Esta fiesta de la Sagrada Familia, debe ser para nosotros una inyección de fuerza y de luz. Tomar fuerza de Jesús que viene a traernos vida: fuerza para confiar y para dialogar, para callar a veces y para perdonar siempre, que todos son maneras de amar, al fin y al cabo. Y dejarnos orientar por esa luz que nos llega de su palabra y de su ejemplo.

Movida siempre por el amor, buscadora ilusionada de la paz en todas las tormentas, con Dios como timonel, y como faro, y como puerto… la familia cristiana navega, sabiendo que tiene toda una vida por delante. Segura de que puede ser, así lo creo yo, la alternativa que saque al mundo de ese atasco de barro y desaliento en que se mueven.

¡Felicidades familia!

Que este nuevo año que se inicia fortalezca los lazos fraternales de la Familia Nazarena y nos una aún más en torno a Jesús Nazareno y a María Santísima Nazarena.

Que el ejemplo de la Sagrada Familia nos motive siempre a priorizar lo que nos une y nos ayude a encontrar soluciones en lo que nos diferencia.

Feliz entrada de Año, siempre de la mano de Jesús Nazareno.

Cofradía de Jesús Nazareno

Evangelio de la Solemnidad de la Natividad del Señor

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:

«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.

Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.

Todas las lecturas de la Misa de hoy 25 de diciembre, Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, nos hablan del poder y la majestad de Dios. Isaías anuncia: «¡Tu Dios reina! Y los confines de la tierra verán la salvación». El salmo invita a aclamar al Rey. Pablo proclama que «el Hijo está sentado a la derecha de la Majestad de Dios» y Juan, al comienzo de su Evangelio afirma solemnemente la divinidad de Jesucristo: «el Verbo eterno hecho carne que habitó entre nosotros lleno de gracia y verdad y del que vimos su gloria como unigénito del Padre».

La liturgia de hoy es -o debiera ser- tan majestuosa, solemne, gozosa y bella como podamos celebrarla. Estas fiestas como las de la Pascua, para los cristianos, son las más importantes del año.

Pues bien, una costumbre muy extendida y apreciada consiste en que, finalizado el rito eucarístico con la bendición, los asistentes nos acerquemos a besar el pie de la ingenua figurilla de un niño pequeñito apenas cubierto con un pañal blanco. El caso es que los fieles aceptamos con naturalidad la paradoja de venerar la Majestad de un Dios Omnipotente en la imagen de un recién nacido.

Ayer, en la celebración de Vísperas, por dos veces el relato de Lucas no daba la señal: os ha nacido el redentor y lo encontraréis envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Un amigo evangelista me explicó hace tiempo el significado de la «señal»: los corderos que se ofrecían en el templo de Jerusalén, como prescribe el Levítico, tenían que ser perfectos, sin mancha ni tara alguna y, por eso, para protegerlos de cualquier golpe o mancha, se envolvían en tiras de tela… como las que usaban las comadronas para envolver a los recién nacidos. Es decir, «pañales».

Creo que para José y María (buenos israelitas conocedores de las leyes de culto) el detalle no pasaría inadvertido y, de algún modo, captarían la señal como presagio y anuncio. Las profecías se cumplirían y el Rey obraría la salvación anunciada mediante el sacrificio.

Dios vino a nosotros como un pequeño indefenso. Un Rey nos ha nacido… y será sacrificado. Lo más sorprendente de la fe cristiana, me parece es este carácter paradójico, esta desproporción y desmesura según la lógica humana, del amor que Dios nos tiene.

Evangelio 4° Domingo de Adviento

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38)

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

En las puertas de la Navidad, en este cuarto Domingo de la espera, asistimos en silencio a este misterio de amor que se va fraguando poco a poco.

Cuando de amor se trata, a Dios le gusta tomar la delantera. Él es quien da el primer paso para el encuentro y así cuando el hombre cometió la torpeza de pecar, Dios no paró hasta encontrar un camino que enderezase tanto entuerto, y -más difícil todavía- descubrió la manera de hacerlo sin tener que estropear el invento maravilloso que había provocado tanto desastre: la libertad.

Tiene Dios la delicadeza de preguntar a una joven sencilla si quiere ser su Madre. Y en este clima tan maravilloso o -absurdo dirían algunos-, de un dueño pidiendo permiso, de la eternidad dejándose atrapar por el tiempo, de quien todo lo puede llamando a una puerta, de quien lo sabe todo dando explicaciones… se produce el milagro. María da su «si»a algo que tardará en comprender, y que acabará trayendo cola. Y Dios toma carne, y tiempo, y posibilidad de sufrir, y de morir, en el viente purísimo de una muchacha de Galilea.

Y así, empieza la otra mitad de la historia del hombre, la mitad más limpia, más llena de esperanza, se abre para nosotros una reservas insospechadas de caminos de salvación. Dios, con su sabiduría, su poder y su cariño, ha hecho posible lo imposible. Y en los labios, casi apagados ya, de los hombres ha vuelto a encenderse la alegría.
Muy grande es este amor que afina tanto. Muy ciegos tendríamos que estar para no ver esa luz, tan grande, que nos entra por la puerta abierta de María.

¡Gracias María!

Y esta noche a contemplar la ternura De Dios para con nosotros en el Niño-Dios que nace.

¡Feliz Domingo!

Evangelio 3° Domingo de Adviento. Domingo de Gaudete

Lectura del santo Evangelio según san Juan (1,6-8.19-28)

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

El dijo: «No lo soy.»

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió: «No.»

Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

¿Como es posible que haya gente que no quiera abrirse a la luz que trae el Señor y que Juan el bautista anuncia? Pues las hay. Hay gentes que, al engaño de otras luces, se han acostumbrado a la penumbra o, temeroso del día, permanecen cerrados a cal y canto. No necesitan -eso creen- la luz, tienen bastante con el brillo de las monedas, o con el calorcillo del placer, o con el corto candil de su egoísmo. Y claro, sus vidas, por mucho que quieran nunca desembocarán en la alegría.

Con razón le preguntaban a Juan Bautista, quién era pues su manera de hablar y de actuar, por poner voz a la voz de Dios, por reflejar la luz del que es la Luz, .. los tenía a todos desconcertados.

Pero para los que hemos abierto los oídos al anuncio de Juan, quienes hemos abierto nuestras puertas para que la luz de Cristo se nos meta alma adentro, hasta los más escondidos rincones donde mora el miedo, donde la muerte acampa a sus anchas, ¿Cómo no vamos a saltar de alegría?, ¿Cómo no se nos va a notar ese gozo en el brillo de nuestros ojos, en el latir de nuestros corazones, hasta en nuestra manera peculiar de trabajar, de amar, e incluso, de sufrir?

La verdadera fe se mide con el termómetro de la alegría ¿Llevas puesta la alegría pase lo que pase? Los cristianos deberíamos de ser los mas insobornables partidarios del optimismo, del gozo compartido, de la entrega feliz y generosa.

¡Ponte hoy el termómetro de la alegría y obra en consecuencia!