Evangelio 1° Domingo de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor

DESIERTOS


Nuestra vida, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie… puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones». (San Agustín)

Algunas personas me dicen en confianza: Cuaresma, «convertirse». Eso no va mucho conmigo: ya procuro ser buena persona, y, quitando los fallos que cualquiera tiene en su vida cotidiana, tampoco tengo «grandes pecados». No pocos lo piensan, aunque no lo digan.

Seguramente venga bien aclarar alguna cosa. Mala estrategia habría sido, si Jesús hubiera comenzado su misión riñendo a la gente, o llamándoles, así por las buenas, «pecadores». No habría captado la atención ni la ilusión de tantos. Jesús vino a traer una buena noticia, especialmente dirigida a los que se sienten peor, a los «excluidos» por su condición de pecadores, a la gente sencilla. Y lo que les pide es «abrir las mentes», mejor «cambiar las mentes» para que puedan entender, acoger y vivir su «Buena Noticia». Algo parecido a lo que le dijo aquella noche a Nicodemo: «nacer de nuevo», cambiar de esquemas mentales, costumbres y actitudes… para abrirnos a la gran novedad del Evangelio. Los parches y barnices no valen, solo esconden. No hay que entender, por tanto, esta llamada a la conversión como un simple «hacer revisión general y pasar a confesarse». Ni se trata de insistir y remachar por enésima vez que «somos pecadores». Pues ya lo sabemos. Más bien, con palabras de San Pablo: Es la oportunidad e invitación a crecer “hasta que todos alcancemos el estado de hombre perfecto y la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

La cuaresma da comienzo con Jesús apartándose al desierto, durante un período de 40 días. En seguida nos viene a la memoria la travesía de aquel pueblo esclavo en Egipto, que fue invitado por Dios a introducirse en el desierto durante cuarenta años. O Elías, que huye al monte de Dios, en medio del desierto, cuando se encuentra deprimido, desconcertado y desesperado. Como también aquel profeta llamado Juan Bautista que vivía retirado en el desierto… Pues, ¿qué tiene el desierto? De entrada no resulta un lugar muy atrayente.

Nos puede ayudar el caer en la cuenta de todo lo que lo que se queda atrás en los casos que acabo de mencionar. Israel vivía para el trabajo y sin libertad. Un trabajo esclavizante, agobiante, sin sentido, y en pésimas condiciones laborales y sociales. Por otra parte, como pueblo, se encuentran divididos, buscando cada cual sobrevivir como pueda, «pasan» del hermano; y han olvidado sus raíces: sus valores, sus tradiciones, sus compromisos de siempre, lo que para ellos había sido tan importante; su trato con Dios y en su trato entre ellos (la Alianza). No es muy distinto de lo que pasa hoy a muchos.

En cuanto a Elías: Se empeñó en luchar por una sociedad más justa, plantando cara a los poderes políticos que se aprovechaban del pueblo. Denunció las desigualdades sociales y la corrupción y al final… se vino abajo: no consiguió los resultados que pretendía. Parece que el Pueblo (tanto los de arriba como los de abajo) se conforma con la situación. El profeta invocó el poder de Dios y… ¡nada! Su oración no parece ser escuchada. Y encima se burlan de él por acudir a Dios, le desprecian, le acosan, intentan quitarle de en medio… Total, que se le desmorona todo… y huye al desierto deseando morir. Es el cansancio y la desilusión de los luchadores, de las personas limpias, con valores…

Y respecto a Juan Bautista: La Alianza (el compromiso ético y religioso que el pueblo había hecho con Dios), se ha arrinconado.¡Qué más da lo que quiera Dios, su voluntad! No nos resuelve nuestros problemas. Y han cambiado al Dios que les dio la libertad por otros diosecillos ajenos a su realidad cotidiana, aunque conserven algunas costumbres, ritos y prácticas religiosas «vacías». Se ha impuesto un estilo de vida individualista y egoísta. Haría falta un nuevo diluvio purificador. «Convertirlo» todo y a todos a Dios. Y Juan Bautista se va al desierto, a los orígenes. Es necesario tomar distancia de lo que hay y de lo que nos pasa. Y poner en el centro de todo el Amor, esa Alianza nueva y eterna que sellará Jesús con su sangre.

Moisés, Elías y el Bautista pensaron que era mejor arriesgarse e intentar hacer algo nuevo. Era necesario que cada cual se reencontrase a sí mismo, pero también recomponer la comunidad, el pueblo, los cimientos, lo que les ayude a superar las dificultades. Y como en el desierto no hay nada más que uno mismo y Dios, es el mejor lugar para plantearse un cambio, para descubrir las propias tentaciones y enfrentarlas. No es un lugar para quedarse: el futuro, el horizonte no pueden faltar en ese «lugar».

Realmente el desierto no es «un lugar» sino una situación existencial. Creo que en estos momentos que vivimos el desierto ha venido a nosotros. Se nos ha echado encima. Se nos han borrado los caminos, nos aprieta el cansancio y el desánimo, nuestra situación como comunidad humana se ha deteriorado, hemos tenido que dejar atrás tantas cosas y personas y proyectos y…

Pero nos hace falta ahora escuchar la voz de Dios en el silencio. Identificar nuestras tentaciones. Discernir las ideas (e ideologías), rutinas, costumbres y planteamientos que nos impiden abrirnos a la novedad de Dios, a su proyecto del Reino. Entrar en nuestro cuarto. Y descubrir la fuente de Agua Viva que es Jesús y que brota desde nuestro interior. Pero también hay que trazar caminos/futuro. El Papa Francisco nos ha ido señalando muchos de ellos. Resalto especialmente su llamada a construir la Fraternidad Humana, Todos Hermanos, desde la perspectiva del Buen Samaritano, desde la compasión y la misericordia.

Nos harán falta más de 40 días, claro. Pero podemos recordar y aprender… que del desierto Dios es capaz de sacar la vida, de hacer un Pueblo Nuevo donde todos puedan ver nuestro amor y a nadie falte lo necesario para vivir y amar.

Evangelio 1º Viernes de Cuaresma

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 9, 14-15

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole:
—«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
—«¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?
Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.»
mi causa la salvará. ¿De qué le sirve  a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?»

¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

Los discípulos de Jesús no hacemos las cosas por no llamar la atención o seguir la corriente a los demás; ni tampoco para llevar la contraria a los que no comparten nuestras convicciones. Hacemos las cosas para seguir a Jesús, para vivir como Él y estar en comunión con Él.

El ayuno no es lo más importante, no tiene valor en sí mismo; nos sirve si es para nosotros un medio para estar con Jesús; nos aparta de Dios si lo absolutizamos y hacemos del privarnos de cosas algo más importante que el llenarnos de Dios.

Señor Jesús, enséñanos el sentido del ayuno.

Que sepamos ayunar de todo lo que nos separe de Ti, aunque sea bueno, de todo lo que nos encierra en nosotros mismos y no nos deja mirar y amar a los hermanos.

Que nuestro ayuno de alimento y de cosas nos impulse a comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre; nos anime a fortalecer la amistad contigo y a alimentarnos de tu Palabra, de tu amor.

Que el ayuno nos ayude a vivir no para nosotros mismos, a vivir para Ti, Señor, que nos amaste hasta la entrega, y a vivir, también, para los hermanos.

Evangelio Miércoles de Ceniza

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor

Queridos hermanos:

Tenemos 40 días. Hoy comienza la Cuaresma. Somos invitados a vivir un tiempo precioso de renovación y crecimiento personal – comunitario. Un año más iniciamos un itinerario, un entrenamiento, un proceso que quiere llevarnos a la meta de la Pascua. Y particularmente, en este año caracterizado por la pandemia, el Papa Francisco nos invita a vivirlo renovando con intensidad las tres virtudes teologales, es decir, los hábitos que Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad de la persona para ordenar sus acciones a Dios mismo: la fe, la esperanza y la caridad.

Destaco dos párrafos del mensaje del Papa para la Cuaresma de este año:

  • “En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello”.
  • “Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia del Covid. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra
    caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.”

Convertíos a mi de todo corazón, escuchamos en la profecía de Joel (1ª lectura). Convertirse significa volver la mirada a Dios, buscarle y dejarnos encontrar por Él.

Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. El evangelio nos recuerda hoy que cuando hagamos limosna, ayunemos o recemos, que sea con autenticidad, no para cumplir ni por el qué dirán o para quedar bien ante los demás. Por lo tanto, hoy es un buen día para preguntarme en mi oración personal o cuando me impongan la ceniza sobre mi cabeza: Señor, ¿qué ayuno necesito? ¿Cuáles son las obesidades que me hacen pesado y torpe a la luz del Espíritu? ¿De qué me tengo que vaciar para que tú puedas entrar más en mi? ¿Qué limosna puedo dar? ¿Qué parte de mi no acabo de entregar a los demás? ¿En qué aspectos de mi persona puedo ser más generoso y oblativo? ¿Qué oración puedo hacer? ¿Cómo intimar más contigo en lo secreto de mi habitación?

Todas estas preguntas y prácticas cuaresmales nos invitan a ser más misericordiosos, a crecer en el amor, a estar más cerca de Dios para vivir dentro de cuarenta días su Pascua, su paso por nuestra vida. ¡Ánimo! Es una aventura preciosa que merece la pena vivir. Déjate sorprender por Dios en este tiempo de búsqueda y preparación. De todo corazón,

¡Feliz Cuaresma!

Evangelio 6° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor

EL RETO DE ACERCARSE Y TOCAR


«Un leproso se acercó a Jesús».

Ya sabemos que en el tiempo de Jesús (y antes) ser leproso suponía ser un excluido, alguien que no tenía derechos ni podía estar donde estaba la gente; debían mantenerse fuera de las ciudades, y por supuesto fuera de «la ciudad» (Jerusalem con su Santo Templo). Un «descartado» como suele decir al Papa Francisco. Carecían de cualquier contacto humano: ni caricias, ni abrazos, ni gestos de cariño o de cercanía… Seguramente ahora que casi no podemos tocarnos, ni abrazarnos, ni darnos un beso… los comprendemos mucho mejor. Especialmente tantas personas mayores encerradas en casa, la mayoría sin acceso a las nuevas tecnologías. Pero también muchos jóvenes, para los que tan necesario es el contacto social y personal. Este virus nos ha aislado, nos ha encerrado, nos ha hecho cogerle miedo a los otros… que se convierten en una amenaza, incluso los más queridos y cercanos.

Aquellos leprosos ninguna ayuda recibían (más allá de alguna limosna) para sobrellevar su desgracia: una inmensa soledad. Tenían que avisar de su presencia, dando voces, o con alguna campanilla, para que todos se apartaran a su paso y pudieran ponerse «a salvo». Habían dejado de ser tratados como «personas».

También tenían vetada su relación con Dios, estaban «dejados de su mano», ya que esa enfermedad de la piel (se llamaba «lepra» a muchas infecciones que no eran realmente lepra) se considerada un signo de la corrupción interior, del pecado, un castigo divino. Y así es como se siente este leproso que se atreve a acercarse a Jesús: sucio, necesitado de ser limpiado. La religión no quería saber nada de ellos, los mantenía al margen. Esto es lo que enseñaba la Sinagoga, la ley de Dios. Ya no se trataba sólo de un «cuidado» o prevención por riesgos de salud. Era una condena en toda regla.

¿No ocurre algo parecido también hoy cuando se hace sentir culpable a las víctimas de algunas desgracias, o se «justifica» que estén en esa situación: «es que es un borracho, o un vago», es que ha mantenido prácticas sexuales prohibidas… y ha cogido el SIDA….

No es tan infrecuente hoy que, en el plano personal, social e incluso religioso, nos apartemos de ciertos individuos (¡personas e hijos de Dios!) porque nos resultan incómodos, porque no están en «orden» con la ley de Dios (o de la Iglesia), porque es arriesgado tener contacto con ellos, porque están sucios, porque nos pueden meter en problemas, por su condición sexual o por su color/nacionalidad, porque este asunto les compete a otros, porque…. Me resulta tan doloroso y sorprendente enterarme de que se están dando casos de personal sanitario y cuidadores que han recibido amenazas, insultos, daños materiales, invitaciones a «marcharse a otro sitio» y desprecio… por estar trabajando en hospitales y centros de salud. Ellos se juegan la vida por nosotros… y algunos los tratan ¡como a leprosos!

Si nos reconocemos creyentes, estamos mostrando con ese tipo de hechos y actitudes en qué Dios creemos realmente: un Dios excluyente, marginador, que condena, que los abandona a su suerte, que no merecen su amor… Y claro, tampoco el nuestro.

Sin embargo, este leproso no soportaba seguir así, y por sí mismo no tenía nada que hacer. Pero intuye que Jesús sí que puede hacer algo por él… Total ¡que se salta todas las normas religiosas (la Ley) y sociales, para acercarse a él y solicitar su ayuda! No sólo eso, sino que compromete a Jesús: pues el que entra en contacto con un leproso (al margen de que pueda contagiarse), queda a su vez también «impuro». «Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios»… como antes el leproso,

Jesús, sin embargo, no se enfada, ni le riñe, ni se aparta de él. Y lo primero que hace es extender la mano y «tocarle». Empieza por restablecer el contacto humano. Primero físico, y luego de palabra. «Quiero».

Quiero que no percibas a Dios como alguien que te excluye ni te deja solo.

Quiero que sepas que el Reino también es para ti.

Quiero que te veas con derecho a formar parte de la comunidad humana, con tu enfermedad y tu pecado.

Quiero que les conste a los sacerdotes que el proyecto y la voluntad de Dios es sanar, acoger, incorporar, incluir.

Quiero que la Ley de Dios (= Dios) deje de usarse como instrumento de marginación.

Quiero, al tocarte y hablar contigo, que te reconozcas como persona, y quedes sanado por dentro y por fuera.

Quiero tocarte… aunque eso conlleve quedar yo «tocado», excluido, manchado, «impuro» y ya no pueda entrar abiertamente en ningún pueblo…

Acercarse a los que están mal, a los que lo pasan mal, a los que no se valoran a sí mismos, a los que están «corrompidos» por dentro o por fuera, aun a riesgo de que nuestro prestigio, nuestra salud, nuestras ventajas… queden «tocadas»… es tarea de los discípulos de Jesús, de la Iglesia entera. Ir a los que no tienen papeles, a los que están desahuciados, a los parados de larga duración, a los que no tienen preparación para conseguir trabajo, o no tienen salud, o no viven conforme a la moral cristiana, o les faltan los «papeles», o…

Dice Marcos que Jesús sintió «compasión», esto es, que su dolorosa situación le afectó, le tocó por dentro. Recuerdo unas palabras del Papa Francisco:

¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, «inició y completa nuestra fe» (Hb 12,2).

Encíclica «Lumen fidei / La Luz de la fe», § 56-57

Y en otro lugar escribió:

«A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.» (Evangelii Gaudium, 270).

Este Evangelio es una invitación a mancharnos, a conocer de primera mano el dolor y la frustración de tantos. Quizá muchos ya no se nos acerquen, o quizá sí: Pero de una manera o de otra, nos están diciendo: «Si quieres… puedes limpiarme». Tal vez no podamos realmente limpiarle, pero que cuenten con una presencia que acompaña, con una lámpara que les ayude a caminar.

Evangelio 5° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.
Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor

UNA ENFERMA EN CASA


No sólo en la sinagoga de la que acaba de salir, se encuentra Jesús con personas que sufren, que están «limitadas» en su actividad y en su libertad. Resulta que también «en casa» (en la de Pedro) hay dolor. Da la impresión de que los discípulos, tan pendientes de atender a las gentes de los caminos… se hubieran «olvidado» de la suegra enferma… pero al llegar a casa se lo comunican a Jesús «inmediatamente».

Puede resultarnos curioso, que habiendo visto los discípulos algunas de las espectaculares curaciones del Maestro, no se les ocurriera mencionar a la suegra. Marcos no ha recogido cuál era la enfermedad, ni cómo estaba de grave. Pero en todo caso había tenido que meterse en la cama.

Pero este «descuido» es más habitual de lo que parece: no nos damos cuenta o no prestamos atención al estado de las personas que tenemos más cerca: la fiebre, el dolor y la postración, el desánimo, el cansancio, tantos malestares… También es frecuente que, aun sabiéndolo, no lo tengamos muy en cuenta y demos por hecho que tienen que comportarse como si estuvieran estupendamente, que colaboren, que estén de buen humor, que no molesten más que lo justo… En vez de comprender y disculpar su malgenio, su poca disposición a colaborar, sus nervios, su empeño en que estemos continuamente pendientes de ellos… perdemos la paciencia, les decimos cuatro cosas, nos pueden las malas formas… y sin embargo tal vez andemos ocupados y pendientes en atender y hacer «fuera de casa» tantas obras buenas por otros que también lo pueden necesitar.

Afortunadamente para ella (tampoco nos ha quedado su nombre), Jesús es invitado a la casa de Simón y Andrés, y casi como aprovechando las circunstancias, le ponen al tanto de la enferma: le hablaron de ella. No le piden expresamente nada: sólo le hablan, le informan de que está mala en la cama con fiebre. Con todo, están expresando su confianza con el Maestro. Me hace darme cuenta (de nuevo) de cuántas palabras sobran en nuestras oraciones, diciéndole a Dios lo que tendría que hacer. En la sinagoga (recordemos la escena del Evangelio del domingo pasado) había mandado callar al poseso de manera tajante: «¡Cállate!». Y en el pasaje de hoy se dice que a los demonios «no les permitía hablar». Palabras, demasiadas palabras. Me viene a la cabeza aquello que explicaba Jesús a propósito de la oración: «cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos». ¡Como los paganos! Podría haber dicho también «no seáis charlatanes, como los demonios». También lo advertía hace 24 siglos el Qohélet: «Cuando presentes un asunto a Dios, no te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Dios está en el cielo, pero tú en la tierra: sean, por tanto, pocas tus palabras» (Qo 5, 1). He leído, no recuerdo dónde, unas palabras de una carmelita descalza: «En la oración dad el corazón a Dios, en vez de tantas palabras». Pues bien, a los discípulos les bastó con «hablarle de ella». Y lo dejaron todo en manos de Jesús.

También lo que decimos respecto a la oración es aplicable al trato con los enfermos. A menudo nos llenamos de palabrería: «Verás cómo te curas enseguida». «Yo tengo un conocido que tuvo lo mismo que tú, y salió adelante». «Tienes que tener paciencia y hacer caso a los médicos» (como si el pobre enfermo no estuviera dispuesto a hacerles caso). «Si yo estuviera en tu lugar…» (cosa del todo imposible porque nadie puede estar en el lugar de otro). Incluso: «no te quejes tanto», «ten más paciencia», o «no es para tanto», o…

Es verdad que estas cosas se dicen con cariño, buena intención, y pretenden ayudar, pero… seguramente sería más adecuado el silencio. «Jesús se acercó y la cogió de la mano». Sencillamente. Es una buena enseñanza para cualquier cuidador o enfermero, o para los que sabemos de alguien que está «en cama». Acercarse. Físicamente, procurar ir, estar, acompañar al enfermo. Es un gesto de cariño que vale más que mil palabras. No es lo mismo que una llamadita, o que preguntar a quien sea cómo está. Acercarse. Y tomar de la mano. Es otro gesto importante. Cuando uno está pasándolo mal, cuánto ayuda que te den la mano, o un beso en la frente, o un abrazo en silencio. Las caricias, la ternura, las muestras de cariño nunca sobran. Especialmente (pero no únicamente) cuando se trata de personas mayores.

Es verdad que ahora lo de dar la mano, tocar, dar un beso, una caricia… son «cosas prohibidas». Pero como alguien ha dicho por las redes: «Cuando no podemos abrazar a las personas que amamos, siempre podemos quererlas abrazándolas con una oración. Orar por los demás es una manera especial de amarlos y sentirnos unidos a ellos».

El hecho de que Marcos nos diga que la suegra de Pedro está «en la cama con fiebre» indica que no puede -como era propio de la mujer judía- servir, atender, acoger, dar la bienvenida a los huéspedes… Sin embargo, en cuanto se le pasó la fiebre, se puso a servirles. Parece como si el evangelista sugiriera que la falta de atención, de acogida, de servicio… fueran síntomas de que hay una enfermedad, de que algo no va bien, que hay algo que sanar. Y es cierto, porque cuando uno no anda bien física o espiritualmente, se centra en sí mismo, se encierra, incluso hasta puede volverse exigente y egoísta con los demás… pero no «sirve», difícilmente es capaz de estar pendiente de los demás.

En esta sociedad nuestra, y en nuestra propia Iglesia, en nuestras familias (en casa) y comunidades religiosas, me parece a mí que el «servicio», la «atención», la «acogida» no son asuntos de los que nos revisemos suficientemente, como tampoco valoramos y agradecemos a quienes lo hacen… hasta que un día dejan de hacerlo por el motivo que sea y nos damos cuenta del inmenso bien callado que estaban haciendo. Quizá Simón y Andrés se «acordaron» de la suegra enferma, al entrar en casa… y no ser atendidos como era «normal».

Hacer que el otro se sienta bien cuando se acerca a nosotros, atenderle, aceptarle, acogerle… es una importante clave espiritual, evangélica y evangelizadora. La «acogida» debiera ser un aspecto muy cuidado en nuestras parroquias: el lugar donde se recibe (¡ay Dios mío, algunos despachos, y salas de reuniones…, qué poco acogedores!), gente entrando y saliendo, interrupciones de todo tipo… Pero también el talante personal, las palabras y actitudes adecuadas…

Un buen deseo, para concluir estas sencillas reflexiones: Que quien se encuentre conmigo, aunque sea por breve tiempo, se marche, cuando menos, mejor que cuando llegó, como proponía Madre Teresa de Calcuta. Que se sienta saludado, acogido, escuchado, atendido, animado…

Y mejor aún si se siente «sanado», comprendido. Porque -siguiendo el ejemplo de Jesús- se trata de «tocar» su inquietud, su corazón herido, su necesidad, se trata de «tomarle de la mano», y -¡ojalá!- de ayudarle a «levantarse» y ponerse a su vez a servir.

Nos queda para otra ocasión el fijarnos en la «oración» de Jesús en este cuadro de ajetreos, demonios, curaciones, palabras y silencios… que le llevó a irse a otra parte.

Evangelio 4° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor

CONTRA LOS DEMONIOS


Después de la llamada a los cuatro primeros discípulos (cf. Mc 1,16-20) Jesús fija su residencia en Cafarnaúm que se convierte en algo así como su “cuartel de operaciones”. Es huésped de la familia de Pedro, propietario de una casa junto al lago, a pocos pasos de la sinagoga.

A diferencia de otros evangelistas, Marcos escoge con mucho cuidado una curación para contarla al comienzo de la tarea evangelizadora de Jesús. Quiere así subrayar que toda la actividad y predicación de Jesús tienen un único fin: la salvación/curación/liberación/felicidad del hombre.

Es sábado y la gente va a la sinagoga para rezar y escuchar las lecturas y la explicación de la palabra de Dios. Es un rabino quien suele organizar el encuentro, pero todo judío adulto puede ofrecerse o ser invitado a leer y comentar las Escrituras. Hacer la homilía solía ser bastante simple: bastaba referirse a las explicaciones dadas por los grandes rabinos sobre el texto bíblico proclamado. Atreverse a hacer interpretaciones personales, y salirse de lo que siempre se ha enseñado, era, cuando menos, arriesgado, porque tal comentarista podría ser acusado de presuntuoso.

Jesús acude como un miembro más del pueblo, y se ofrece para las lecturas. La primera suele tomarse del libro de la Ley, es decir de los primeros cinco de la Biblia; la otra es un pasaje de los profetas. Quien lee la segunda lectura, si se atreve, puede también hacer la homilía. Jesús, aprovechándose del clima de recogimiento y de oración que se ha creado, aprovecha para presentar su mensaje. Pero no se limita a repetir lo que ha sido dicho antes que él, sino que hace un comentario libre y original del texto sagrado.

«No enseñaba como los letrados». Los letrados eran los Maestros de la Ley, especialistas que interpretaban y aplicaban las Escrituras, las verdades, las muchas normas que formaban parte de la tradición religiosa (mandamientos y prohibiciones…) y las imponían a las gentes. Insistían bastante en las «obligaciones religiosas» (los «cumplimientos», que diríamos nosotros hoy) como clave para estar en orden con Dios, y todas las condiciones y ritos necesarios para ser “puros”. Su modo de hacer discursos era multiplicar las citas de otros personajes anteriores que tuvieran alguna autoridad, otros rabinos y maestros, escuelas espirituales… Pero les faltaba «vida»: ellos se quedaban fuera de lo que decían, sólo transmitían lo que pensaban… Sí, se llenaban de citas, referencias, argumentos, pasajes de la Escritura… que intentaban aplicar a todas las circunstancias y personas, de manera indiscutible y obligatoria.

Jesús, en cambio, no anda citando a nadie, ni se muestra como representante de ninguna escuela o tradición, ni multiplica citas, ni siquiera echa grandes discursos. Y no tiene inconveniente en “enmendar” la sagrada Ley de Moisés, cuando ésta no ayuda al hombre, sino que se le convierte en una pesada losa, cuando margina al hombre, cuando le deja “excluido” de la relación con Dios. Su punto de referencia para hablar y actuar está en sí mismo. Es el «Santo de Dios», el habitado por el Espíritu de Dios que recibió en su bautismo, y que le empuja a recrearlo todo, liberar, restaurar el espíritu primero que Dios insufló al hombre en aquella primera mañana de la creación, y hacer callar y expulsar de dentro nuestros males y demonios.

«Precisamente en la sinagoga, había un hombre poseído». Precisamente en la sinagoga, donde se multiplicaban los rezos, los cánticos, las predicaciones y las catequesis. Un «poseído» es alguien que no es dueño de sí mismo; desde fuera, algo se ha adueñado de él, y le impide tomar sus propias decisiones, es más, le hace daño, lo hace dependiente, lo infantiliza, lo anula. ¿Querrá sugerir San Marcos que aquel hombre simboliza a los que están «poseídos» por aquella mentalidad religiosa proclamada por escribas, fariseos y sumos sacerdotes? ¿Que es prisionero y víctima de un modo de plantear la religión que, en el nombre de Dios, anula al hombre, lo llena de obligaciones y ritos… que no le permiten ser él mismo?

La llegada de Jesús supone ciertamente el fin de ese modo de relacionarse con Dios, de ese sistema religioso en tantos casos deshumanizador. Sí, ha venido a acabar con tantas manipulaciones (incluidas aquellas que se hacen en el nombre de Dios), imposiciones, ritos, normas y prácticas… que convierten al hombre en alguien extraño a sí mismo («alienado», diríamos con lenguaje de hoy). Él ha venido a devolver al hombre a sí mismo. Y lo hace con su Palabra. O si se quiere decir mejor: con la Palabra que es el propio Jesús. Una palabra que tiene la autoridad de los hechos: el hombre queda recuperado, liberado, devuelto a sí mismo. Me resulta significativo que Marcos no haya recogido nada de su discurso: la enseñanza y la autoridad de Jesús son las obras.

¿Quién de nosotros cree que no está de un modo o de otro «poseído»? ¿Qué es eso de ‘espíritu inmundo’?

La medicina de aquel entonces estaba muy atrasada y fácilmente se atribuían las enfermedades a causas no naturales y en concreto al demonio. Sobre todo esto ocurría con las enfermedades mentales: epilepsia, histeria, esquizofrenia…

Los judíos consideraban que aquellos que no cumplían las leyes, eran «impuros», estaban sujetos a cualquier castigo de Dios y en manos del demonio.

Lo cierto es que el mal existe desde el principio del mundo con mil ropajes y disfraces. Y también habita en nuestro interior, de donde brotan los instintos animales y fuerzas oscuras que nos arrastran al mal: egoísmo, soberbia, avaricia, envidia, lujuria… Y solemos echar la culpa al demonio, a la tentación, al ambiente… y decimos: «quiero, pero no puedo; me gustaría…, pero algo me frena…, siento la llamada…, pero no lo veo claro, no me atrevo, no sé si es el momento, quizá no sea prudente…»

No es muy diferente de aquello que experimentaba san Pablo:

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm 7, 19-23)

La «posesión» también afecta a la sociedad y a los pueblos. La verborrea de los medios y las redes sociales, los discursos que echan mano de «fuentes», personajes, «opinadores» que no tienen realmente ninguna autoridad ni conocimientos sobre el asunto, o a las previsiones, o a las «encuestas», o a lo que es «tendencia», o a lo que me conviene a mí…

O sea: ¡Cuántos «espíritus y demonios» poseen y deshumanizan al hombre de hoy!: ideologías, estructuras, costumbres, tradiciones, intereses… Incluso puede que la misma religión («precisamente en la sinagoga”, como decíamos antes) caiga en esta tentación… de olvidar al hombre, o hacerlo prisionero de normas, tradiciones o intereses que se ponen por encima del bien del hombre, aunque puedan estar revestidas de «voluntad de Dios»…

«¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?… Sabemos quién eres…». Es una buena pregunta para hacérnosla continuamente. Aquí son los demonios quienes la dirigen a Jesús. Pero Jesús no entra a debatir con ellos. Los manda callar y actúa. Se enfrenta con los que hacen sufrir a aquel hombre y lo libera de todos ellos.

«¿Que quieres de nosotros?»: ¡Que dejéis de manejar al ser humano, que no le hagáis daño, que no os adueñéis de él, que dejéis de imponerles cargas y leyes asfixiantes, que respetéis su dignidad…

Por eso todos los seguidores de Jesús prestamos atención a lo que hace sufrir injustamente al hombre, enfrentándonos con ello, procurando que llegue a ser libre y responsable de sí mismo… Porque cada ser humano lleva dentro el Aliento de Dios que le impulsa a «vivir». Puede que nos ocurra como a los demonios: que «sabemos» quién es Jesús, lo que hizo él y lo que quiere y espera de nosotros… Pero tenemos miedo, temblamos, nos incomoda plantar cara a lo que no nos deja ser nosotros mismos o deshumaniza a otros. Y acabamos por acostumbrarnos a esos “espíritus inmundos” (es decir, contrarios a Dios).

Jesús imagina a sus discípulos como sanadores: “Proclamad que el Reino de Dios está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios”. La primera tarea de la Iglesia es curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanar la vida, ayudar a vivir de manera saludable. Ser un «hospital de campaña» (JBergoglio). Esa lucha por la salud integral es el camino de la salvación. Ayudar a sentir y visualizar que la fe hace bien. Como decía san Pablo: «para ser libres el Mesías nos ha liberado: manteneos, pues, firmes y no os dejéis atrapar de nuevo en el yugo de la esclavitud y servíos mutuamente por amor». (Gál 5, 1.13).

La mejor oración que podríamos hacer hoy, a la luz de este Evangelio, es: «Señor, expulsa de nosotros todos esos demonios, y que tengamos la fuerza y la valentía para no dejarnos dominar por nadie… que no sea el mismo Espíritu de Dios». Que así sea.

Evangelio 3° Domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Palabra del Señor

EL NACIMIENTO DEL REINO

El Domingo de la Palabra que hoy celebramos es una invitación a acercarnos a ella como Palabra de Vida, transformadora, que nos interpela, que espera de nosotros una respuesta, que nos hace de algún modo contemporáneos y protagonistas de lo que en ella se nos narra. Vamos a intentarlo con el Evangelio de hoy.

Lo primero es darnos cuenta que la escena de hoy no es «simplemente» la presentación de unos personajes que van a acompañar a Jesús en su tarea misionera. Tampoco es «simplemente» la descripción histórica de cómo comenzó todo, de manera que nosotros quedaríamos como espectadores lejanos de lo que allí les ocurrió a algunos llamados por Jesús. Uno de los objetivos de los evangelistas es ayudar a las futuras generaciones a conocer y seguir a Jesús, y con ese criterio (no sólo) redactan los evangelios.

Y es significativo que en los primeros pasos de Jesús en su tarea misionera busque unos discípulos, unos compañeros que irán siendo transformados por él, y que interactúan también entre ellos. O sea: que el Reino que trae Jesús comienza por formar una comunidad, y que sus seguidores le responden personalmente, claro está, pero su respuesta supone aceptar y caminar con otros que el Señor va escogiendo.

También es relevante que el «escenario» que elige Jesús para dar comienzo a su misión no es el sagrado Templo ni en la Ciudad Santa, ni en un contexto religioso: es en el lago, en Galilea, en el lugar de la vida cotidiana de las gentes. Como lo es también qué «perfil» busca Jesús: no son especialistas en la Ley, no están especialmente formados intelectualmente, no consta que sean «fieles cumplidores» de los muchos preceptos judíos, ni forman parte de ninguna de las castas político-religiosas de la época: son gente normal. De algunos sabemos que eran pescadores, o un cobrador de impuestos (mal visto y despreciado por su profesión). De otros no sabenos gran cosa. No era lo habitual que el Rabino eligiese a sus discípulos. Era justamente al revés. Y además Jesús les invita a seguirle sin explicaciones, sin proyecto (bueno: ser «pescadores de hombres», pero seguramente no lo entendieron mucho de momento), sin promesas… y sin excusas, en exclusividad (dejando redes, mostradores de impuestos…). No busca «seguidores» a tiempo parcial, ni quiere que los trabajos, la familia, etc estorben en su seguimiento. Se trata de «estar con él» como prioridad absoluta.

Poco antes de estas llamadas, y como un eco de la predicación de Juan Bautista, proclama: «Convertíos y creed en el Evangelio». Pero es un eco y un tono diferente al del Precursor: Está encabezado por una Buena Noticia (=Evangelio) de Dios, no hay asomo de amenazas (como las de Juan o de Jonás, por ejemplo: la ciudad será destruida…). Se trata de que Dios (su Reino) está cerca y eso despierta la esperanza, las expectativas, la alegría, el consuelo de las gentes, sobre todo de los que están peor.

Esa cercanía de Dios no está «atada» a un lugar, ni a unas prácticas religiosas, ni a una doctrina, ni tiene más condiciones que «creer» en esa presencia cercana y bondadosa de Dios. Jesús aquí no reprocha ni menciona el pecado o el arrepentimiento. Su llamada a la conversión significa y supone un cambio de mentalidad, capaz de abrirse a la novedad que Jesús trae con su presencia y su Evangelio. Es lo mismo que le decía a Nicodemo: «hay que nacer de nuevo», hay que hacer limpieza mental y vital de muchas cosas que se han aprendido y bloquean o condicionan o limitan el auténtico encuentro con Dios. Precisamente los que no quisieron cambiar su mentalidad, para seguir con lo de siempre y como siempre y defenderlo y protegerlo a toda costa… serán precisamente los que le lleven a la cruz.

En cuanto al «acento» y contenido principal de su misión es la preocupación primordial de su Padre Dios por el hombre. Y habrá de ser la preocupación y tarea principal de sus seguidores de entonces y de todos los tiempos: los hombres, ser «pescadores de hombres». Buscar las «ovejas perdidas», acoger a los «hijos pródigos», poner la tierra patas arriba hasta que aparezca la moneda que se perdió. Por tanto, su Evangelio no será una colección de doctrinas, ni ritos, ni prácticas, ni… ¡Será la «cercanía», «acercarse» en el nombre de Dios al que tiene hambre, sed, falta de justicia, está desnudo, enfermo, el marginado, el que no tiene derechos…! Esta es la Buena Noticia. Esto es lo que Jesús «hará», del verbo «hacer», acompañado por sus palabras: buscar, perdonar, sanar, bendecir… Y el grupo de discípulos que le acompañan tendrán que «visibilizar» con sus hechos, actitudes, prioridades y palabras («ved cómo se aman») la propuesta de vida de Jesús.

Pues… nada más (¡y nada menos!). Ahora se trata de ver qué me dice personalmente esta palabra en estos momentos de mi vida: orarla, aceptarla, asumirla en la propia vida y… caminar con otros por las nuevas Galileas.

Evangelio 2° domingo del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.»
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo llevó a Jesús.
Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

DISCERNIR LAS LLAMADAS DE DIOS

Vaya por delante que la reflexión que sigue no se refiere exclusivamente a los jóvenes, ni sólo a una «vocación» o estado de vida. Se refiere a todas las llamadas del Señor, en todos los momentos de la vida, y probablemente no sólo «una vez».

La primera lectura nos presenta al joven Samuel, y esa «inquietud» interior que Dios le hace sentir varias veces, hasta que consigue de él la respuesta deseada.

Está en el Templo, al ladito mismo de Dios, «donde estaba el arca de Dios». Como si dijéramos «pegado al Sagrario». Habrá dado mil vueltas por los alrededores del arca. Habrá estado presenciando muchas ceremonias en el Santuario, y habrá visto a muchas personas orando en aquel lugar sagrado… Pero él «NO CONOCÍA TODAVÍA AL SEÑOR, porque no le había sido revelada su Palabra».

Es sorprendente que este joven, que habría servido ya varios años en el Templo, no conociera todavía al Señor. Sus padres lo habían consagrado al servicio del Templo, agradecidos a Dios por ese hijo por el que tanto habían suspirado. En el lenguaje bíblico «conocer» indica una experiencia íntima, un abandono convencido e incondicional en los brazos de la persona amada (y también de Dios), así que no es tan extraño que Samuel, aun sirviendo en el templo del Señor, no hubiera tenido todavía esa experiencia personal e íntima, y por tanto no le hubiera dado su plena adhesión, su completa disponibilidad para colaborar en la obra de la salvación.

Y la razón de esta carencia está en que «desconoce» su Palabra. Lo cual puede significar dos cosas: Que todavía no le suena, no la ha leído, no la ha escuchado, no le ha prestado atención… … O bien, que no ha descubierto que esa Palabra «tiene que ver con él», que le afecta, que está «viva».

Pongamos un ejemplo: Es como si nosotros, al escuchar hoy esta primera lectura, hubiéramos pensado: ¡mira qué cosas pasaron hacen miles de años! ¡Mira qué experiencia tan curiosa tuvo el bueno de Samuel! ¡Hoy no pasan estas cosas! Nadie oye las «voces» del Señor. Pero si la Biblia ha conservado esta experiencia es para iluminarnos, para ayudarnos a interpretar nuestras propias vivencias. No se trata de un caso aislado. En esta «historia» se está hablando de ti y de mí. Y por eso hemos dicho después de leerla: «Palabra de Dios»: Dios nos ha hablado, hemos «oído» su voz. Pero quizá nos ocurra como a Samuel: no hemos sabido entenderla, no nos hemos sentido aludidos…

Samuel está escuchando una llamada, y no ha descubierto todavía que esa llamada proviene de Dios… y se dirige a lugares equivocados y a personas equivocadas. No vayamos a pensar que Samuel realmente estuviera «oyendo voces» de Dios. El Autor Sagrado está intentando describir o «escenificar» una experiencia interior, personal… que nadie más podría «oír».

Cuando tú estás en silencio en medio de la noche, o en cualquier lugar recogido, sin distracciones, en la presencia de Dios, repasando lo que has visto, oído, sentido, al cabo del día… puedes «ver» con cierta claridad que «te falta algo», que no estás tranquilo, que no te sientes satisfecho, que tienes que hacer algún cambio, tomar una decisión, dar algún paso concreto, que tienes que responder a una petición, que estás inquieto… Te pasa como a Samuel. Y como le pasó a Andrés o Pedro: Necesitaban y esperaban algo más, distinto de lo que hacían o tenían. No es Juan Bautista, ni se trata de conformarte echando las redes en el mar de Galilea, como siempre, ni es acudir al Templo… Pero ellos sí que acertaron con la persona y lugar adecuados.

Cada cual podría analizar dónde está yendo para dar respuesta a esas llamadas interiores. Porque tal vez nos podamos estar confundiendo de personas, de sitio, de ocupación… Y Dios nos hace «notar» que quiere de mí otra cosa…

Samuel no es capaz de reconocer o encontrar por sí mismo al Señor. Tampoco Andrés y el discípulo amado son capaces por su cuenta de descubrir quién es el verdadero y único Maestro. Necesitan «guías» o mediadores que hayan tenido esa experiencia. Personas que orienten sus pasos por caminos que ellos han recorrido antes y siguen recorriendo todavía. En una palabra: Maestros de vida, personas con «experiencia de Dios». Así Elí enseñará a Samuel la actitud de disponibilidad y el modo de escuchar la Palabra que está «oyendo». Y Juan Bautista invitará a dos de sus discípulos a marcharse de su lado para que «convivan» con el Señor al menos durante un día. Hace falta, por tanto, salir de la comodidad de «la cama», de mi barca y mis redes, de mi «grupo de siempre», de mis costumbres y mis oraciones de siempre… para encontrarse con el Señor… donde el Señor está, donde Él «vive», donde él va, con los que él prefiere estar.

Los llamados, los que ya han tenido la experiencia de «conocer» aunque sólo sea un poquito más, se convierten en «llamadores». Esa ha sido la tarea de Elías, de Juan Bautista, y de los dos primeros discípulos de Jesús: «Hemos encontrado al Mesías»… y llevaron (a Pedro en este caso) hasta Jesús. Ellos han sido los responsables de que otros se encuentren con Dios y le respondan.

Por eso es indispensable que todo cristiano hable y comparta con otros hermanos su experiencia de haber encontrado al Mesías, de haber pasado «todo un día con él», de haber escuchado su llamada, de haber tenido que hacer sus renuncias para hacer posible el encuentro, de haber sentido cómo puso en él su mirada para encomendarle alguna tarea…

Por último: Quiero subrayar que Dios Padre y su Hijo Jesucristo «necesitan» siempre de colaboradores a tiempo pleno para sacar adelante su proyecto de vida. Ni el Padre ni el Hijo hacen las cosas ellos solos, y por eso derraman continuamente su Espíritu en nuestros corazones. Cuando hay tanto que hacer en la Iglesia y en el mundo, y cuando hay tantas cosas que no se hacen… ¿no será que no estamos escuchando la Palabra, que no acudimos a algún maestro de vida, que no nos levantamos «de la cama», que no salimos de nuestras redes, que no damos la respuesta adecuada a nuestras inquietudes interiores…? Cada oración que dirigimos a Dios pidiéndole algo, tiene que ir acompañada necesariamente de otra oración: «Habla, Señor, que tu hijo escucha», «aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad…». Porque orar no es esperar que Dios arregle nuestras cosas, sino ponernos en sus manos para que Él pueda arreglarlas.

Evangelio Festividad del Bautismo del Señor

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,7-11):

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor

¿BAUTIZADOS, O PASADOS POR AGUA?

Cuando yo era un crío, de vez en cuando, nos preparaba mi madre para cenar “huevos pasados por agua”. Esto es: un huevo que no está ni crudo ni cocido. Que ha estado en agua hirviendo, sin terminar de cocerse. No era mucho de mi agrado la receta. Y siempre le preguntaba a mi madre por qué no lo cocía del todo, por qué lo dejaba medio crudo. Y siempre me decía: porque esto no es un huevo duro, sino un huevo pasado por agua.

¿Qué a qué viene esto de los huevos pasados por agua? Pues a que “bautizarse” significa literalmente “sumergirse”, hundirse en el agua -como si uno se ahogara o muriera-, «cocerse» al calor del Espíritu, para, al salir, aparecer como una persona nueva, como un “hombre nuevo”, como un “resucitado”. Bautizarse es dejar que el agua y el Espíritu me transformen profundamente por dentro. Mejor dicho: me vayan transformando con el paso del tiempo, porque es todo un proceso existencial. No ocurre todo de golpe, y el bautizado tiene que poner también algo de su parte (como también la Comunidad Cristiana que le acoge).

El Bautismo de Juan era un poco como «pasar por agua»: significaba «reconocerse pecadores», y el «deseo de cambiar de vida». Era un «bautismo de conversión para el perdón de los pecados», de apertura al futuro Mesías que estaba por llegar. Pero la cosa no iba mucho más allá: no recibían el perdón de los pecados por el hecho de bautizarse, era una actitud nada más, un signo. Por eso el bautismo que recibe Jesús y el bautismo cristiano son profundamente distintos. El Bautismo cristiano está relacionado con la Pascua de Jesús y el envío de su Espíritu, con la incorporación a la Comunidad eclesial. No nos bautizamos «imitando» el ejemplo de Jesús, sino participando de la transformación que conlleva su Paso/Pascua hacia el hombre nuevo resucitado.

¿No habremos estado fomentando en nuestra Iglesia muchos cristianos en plan “pasados por agua”? Cristianos más bien «blanditos» y frágiles, que se «cascan» como un huevo medio crudo, y se desparraman con toda facilidad, cuando se presentan las primeras dificultades? ¿Por qué hay tantos bautizados que no viven su fe, que no se les nota en su vida nada expresamente cristiano, evangélico? Incluso han abandonado la fe, y su vida sigue adelante sin nostalgias. Eso de «creer» no les aportaba nada esencial ni necesario.

Un cierto número de padres (aunque ellos mismos fueran bautizados en su momento), optan por retrasar o prescindir del bautismo de sus hijos. ¿Razones? Pues no es raro que te digan, por ejemplo, que no quieren «imponerle» al niño su fe… que es mejor que lo elija por sí mismo cuando sea mayor… Esta «justificación» me parece un poco «falaz»: si fueran del todo coherentes con ella… tendrían que abstenerse también de decidir si lo llevan a un colegio bilingüe o no, para no imponerle otro idioma. O tendrían que renunciar a tener más hijos, para no «imponerle» al que ya tienen otros hermanos. Ni debieran elegir llevarle a un centro público, o concertado o en el extranjero… hasta que la criatura pueda decidir por sí misma. Como tampoco debieran «imponerle» ninguno de su valores o tradiciones familiares, o…

Porque un niño no vive su crecimiento personal de una forma neutra, indiferente, sin ninguna influencia. Es imposible. Su vida no es una página que pueda permanecer en blanco hasta que tenga la capacidad de decidir por sí mismo, porque las personas con las cuáles convive, la familia, las distintas instituciones sociales y los ambientes van dejando sus huellas en él. Pretender que el niño crezca al margen de toda influencia y después que él libremente escoja es muy ingenuo. “Si no enseñamos a nuestros hijos a seguir a Jesús, el mundo les enseñará a no hacerlo.” Hay también problemas teológicos: eso del pecado original, y de que el niño «necesite» ser limpiado de tal pecado… O si bautizarles les hace más hijos de Dios que los que no están bautizados… No vamos a entrar aquí en estos asuntos, porque sería muy largo para nuestra reflexión.

Pero lo cierto es que los padres eligen mil cosas en nombre de sus hijos, todas aquellas que les parecen las mejores para ellos, porque los aman incondicionalmente. Si la fe cristiana es relevante para ellos y afecta a sus opciones y estilo de vida… querrán que sus hijos también la compartan. Es importante y bello que, cuando unos padres reciben el regalo de una vida que cuidar, acompañar y educar, cuenten con la bendición de Dios. Y en el Bautismo piden que Dios Padre bendiga a su hijo. Esto no hace nunca mal a nadie. Y a la vez, reconocen que esa vida les llega de Dios, que no les pertenece, que no lo quieren «formar» a su capricho, o consentir que la sociedad los forme según sus intereses, sino «como Dios quiere», con todos los valores y criterios que le ayudarán a ser una persona madura, solidaria, profunda, fuerte ante las dificultades…

En el Evangelio, el Padre Dios proclama públicamente: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco», desde siempre y para siempre. Y derrama sobre él todo el poder de su Espíritu, haciéndole su Templo, su consagrado, su Mesías. Algo similar ocurre con nuestro Bautismo, y los padres habrán de ocuparse (junto con la Comunidad cristiana, claro) en irle mostrando cada día lo que eso significa, hasta que sea capaz de experimentarlo por sí mismo. Todo niño es hijo de Dios, -bautizado o no-, pero quien ha sido bautizado (y no pasado por agua) podrá conocer a su Padre del cielo, sentir su amor, su guía, su fuerza y vivir cada día con Él y para Él…

«Ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo supone encontrarse con Dios y sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad. ¿Para qué ser bautizados/tener fe? Para vivir la vida con más plenitud, para vivir incluso los acontecimientos más sencillos e insignificantes con más profundidad. Para atrevemos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos al amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida». (René Cesa Cantón)

¡Qué sencillo y breve lo ha descrito Pedro, al resumir la vida de Jesús!: «Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, porque Dios estaba con él». Y esto ni mucho menos sobra en nuestro mundo de hoy. Más bien es urgente y necesario. Y el Señor puede seguir haciéndolo con ayuda de sus discípulos, como instrumentos suyos, siempre que en vez de estar «pasados por agua», estemos cocidos y empapados por el Fuego del Espíritu del Resucitado. Está muy bien que los bautizados comencemos el año reanimando, profundizando y dando mayor testimonio de lo que somos: Los Hijos amados de Dios, que hemos recibido también su Espíritu para pasar por esta vida haciendo el bien.

Festividad del Dulce Nombre de Jesús

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor

DIOS, SILENCIO Y PALABRA

Al escuchar el Evangelio de hoy, puede presentarse un extraño sentimiento: no coincide demasiado nuestra experiencia con lo que allí leemos. Parece más frecuente entre nosotros la experiencia de que Dios es sobre todo SILENCIO. ¡Y cómo duele ese silencio! ¿Por qué calla Dios? ¿Por qué en medio de estos momentos oscuros no sentimos su presencia? Le dirigimos nuestras plegarias, muy justas, muy meditadas, desde nuestra necesidad más profunda y dolida… y no parece haber respuesta. Llegamos a sospechar si la oración no será «estar hablando con nosotros mismos».

Hay tantos gritos humanos que se lanzan al cielo, que no parecen capaces de atravesar las nubes. ¿Por qué aparentemente no llegan a su destino? ¿Qué dice Dios cuando el ejército de un país, un gobierno, organiza una matanza de persones inocentes, a veces muchísimas? ¿Qué dice Dios cuando hay unos pocos hombres que viven muy bien, y que controlan la mayoría de las riquezas de la tierra, mientras una inmensa mayoría se muere de hambre o de enfermedades controlables por la Medicina desde hace ya mucho tiempo? ¿Qué dice, y qué hace Dios cuando una riada o un mar enfurecido se lleva tantas vidas por delante? ¿Qué dice Dios cuando algunos hombres se toman la libertad de pegar un tiro en la nuca, o poner explosivos a otros hombres para defender supuestos derechos y reivindicaciones? Hay muchos gritos que piden justicia, clemencia o libertad, o simplemente el derecho a vivir. ¿No podría decir algo?

No sé: Podría mandar un portavoz, un ángel, un profeta, un santo… como parece que hacía en otros tiempos. O podría dar un aviso, incluso un susto, a los tiranos, criminales y explotadores, que salvara a los inocentes… Algo que todos entendieran. Que se dejara de supuestos «mensajes marianos» a personas devotas, incultas e irrelevantes, y se hiciera presente en los Centros de Poder, en los Medios de Comunicación…

ESTO ES LO QUE PARECEN SENTIR EN EL CORAZÓN MUCHOS HOMBRES DE HOY, CREYENTES Y MÁS AÚN NO CREYENTES, que quizá perdieron su fe ante el terrible silencio de Dios. No nos llega la Palabra de Dios. Las cosas siguen como siempre, sobre todo para los más débiles. ¡Qué mudo permanece Dios, si es que existe!

LA PALABRA SE HIZO CARNE

Y la Biblia, en cambio, no se cansa de proclamar que Dios es PALABRA. Claro, que su Palabra no es apabullante, terrible, estruendosa, como a veces nos imaginamos o nos gustaría. Pero es viva y eficaz. Así comienza el libro del Génesis: «Y dijo Dios». Un Dios que crea «hablando». Y fue la naturaleza, fue la vida, fue la luz… Cada criatura lleva su huella: si escucháramos a la luz, a la evolución, a los planetas, a las plantas y animales, podríamos descubrir al hermano sol, la hermana agua, el hermano fuego, la hermane noche, y hasta la muerte sería «hermana muerte»…

Y al mismo tiempo, cada vez que los hombres extinguimos la vida, destruimos o no respetamos la naturaleza, y ésta se revuelve, se agita… ¡Dios nos está hablando! La tierra nos la dio para cuidarla, para mejorarla, protegerla. Y la propia Naturaleza y muchos hombres, en su nombre, la cuidan…. o también protestan y denuncian y se quejan: ÉSTA ES LA VOZ DE DIOS.

¡Pero nos es difícil escucharla! Porque la palabra y la Palabra sólo se perciben bien en la escucha silenciosa y atenta. Y resulta que se nos ha olvidado el silencio y la contemplación. Tenemos demasiados ruidos en el corazón y en la cabeza, y alrededor. ¿Por qué prestamos atención a tantos charlatanes (periodistas, actores, políticos, presentadores, famosillos, y cantantes… cuando opinan sobre lo que desconocen absolutamente, la pandemia, por ejemplo….?). ¿Quién tiene interés en ponerles delante un micrófono o una cámara para multiplicar y difundir sua ruido?… ¿Como podremos distinguir entonces las Palabras de Vida que necesitamos?

Leyendo el Evangelio de hoy, nos enteramos que desde que la Palabra se hizo carne, hombre… el HOMBRE ES LA VOZ DE DIOS. Que podemos y debemos buscar a Dios en la carne, en la fragilidad, en el ser humano.

Cuando algo se nos revuelve dentro al tener noticia de que un recién nacido o un niño, o un mujer han sido maltratados o abandonados: ÉSA ES LA VOZ DE DIOS.

Cuando nos aterrorizamos ante las matanzas de campesinos, de indígenas, de periodistas, de científicos, o los cientos de asesinatos en Argelia, Palestina o Bagdad, o Egipto, o Siria: ÉSA ES LA VOZ DE DIOS, QUE PROTESTA en nosotros.

Cuando nos enteramos de la violencia que ocurre dentro de algunas familias, las mujeres maltratadas, los abuelos no atendidos o descartados por los triajes de los políticos, los niños que son manipulados, explotados, prostituidos, ignorados… y algo se nos rebela por dentro… ESTAMOS OYENDO LA VOZ DE DIOS

Cuando vemos los carteles de Manos Unidas, cuando la prensa nos trae noticias de lo que están haciendo muchos voluntarios de ONGs en tantos rincones del mundo… ÉSTA ES LA VOZ DE DIOS que nos llama a la acción y al compromiso

Cuando notamos dentro un impulso fuerte para que prestemos atención a los pobres, a los oprimidos, a los que no tienen ciertos derechos, pedimos justicia e igualdad en la distribución de vacunas, de recursos… TODOS ELLOS SON LA VOZ DE DIOS esperando de nosotros una respuesta.

¡Pero tal vez no las oigamos, o no queramos oírlas, o pensamos que no va con nosotros, que no podemos hacer nada…!

Si el hombre siente dentro que su vida es muy superficial, que necesita otras cosas, que hay un vacío dentro, que a base de tener, poder, ser admirado y reconocido… no se siente feliz… Es Dios que le advierte.

Si tú mismo escuchas dentro una voz que te dice que tienes que crecer, que tienes que perdonar, compartir, servir, ser generoso, ayudar a alguien… TU CONCIENCIA QUE TE INVITA A SER MEJOR, A CRECER, A MADURAR… ES LA VOZ DE DIOS, que quiere la felicidad del hombre, de todo hombre, de cada hombre. Ya lo han dicho muchos santos y teólogos: Dios habla desde lo más profundo de mi ser (conciencia).

PARA QUE QUEDE MÁS CLARO: Si la Palabra de Dios se hizo hombre en un establo,… Cada pobre que nace en las afueras de la sociedad, en la marginación: ahí está Dios reclamando nuestra atención. Si Jesús de Nazareth tuvo que huir de su tierra e Egipto para salvar su vida.. LA VOZ DE CADA EMIGRANTE necesitado es la voz de Dios. Si al poco de nacer Jesús, un Herodes organiza una matanza de niños inocentes: SON LAS VOCES QUE QUIEREN AHOGAR LA VOZ DE DIOS, y consecuencia de las cuales el propio HIJO DE DIOS caerá víctima en una cruz.

Dios habla desde la profundidad del alma: Él es la Vida que quiere que crezca.

Habla desde el hambre de justicia: quiere que todos sus hijos sean tratados con equidad.

Habla desde la Libertad : nos quiere libres de toda cadena.

Habla en los momentos duros y difíciles, sosteniendo: es el Dios de la Esperanza y la fortaleza.

Habla desde el mal superado: es santidad.

Habla desde la belleza que estremece y enamora: es Creador.

Habla desde el equilibrio y la serenidad: es Paz y busca nuestra paz.

Habla desde el corazón que se entrega porque Dios es Amor.

No, no es que Dios no responda a nuestras oraciones, no es que sea un Dios mudo: es que Dios mismo clama (¡a veces a gritos!) con nosotros y dentro de nosotros. Dios suplicante en nuestra carne herida. Y Él mismo espera y necesita que le escuchemos. Desde aquella noche de Navidad, somos hermanos del Dios Palabra que se encarnó entre nosotros. Aprendamos a escucharle y seamos su Voz y la de los que no tienen voz HOY.