La Cuaresma: Redención, Comunión y Liberación

La Cuaresma constituye uno de los hitos más importantes del ciclo de los así llamados «Tiempos fuertes» de la celebración litúrgica de la Iglesia. El camino del hombre hacia el encuentro con Dios comienza en el Adviento, tiempo de espera y esperanza en la salvación de Dios; continúa con la Navidad, encarnación viva del Dios vivo, que se hace hombre para sanar y salvar al hombre en su mundo y en su historia; madura en la Cuaresma, celebración por excelencia de los misterios de la fe; concluye en la Pascua, encuentro sublime y comunión plena de lo humano con lo divino.

La Cuaresma es icono de la cuarentena bíblica. Moisés, Elías y Jesús estuvieron cuarenta días por las montañas, buscando y encontrando, en oración y diálogo interior, la voluntad de Dios. Cuarenta fueron también los años que pasó el pueblo por el desierto, como experiencia de purificación necesaria para descubrir al único Señor de la vida y de la historia, al Dios que los redimió de la esclavitud y los condujo hacia la liberación. Cuarenta son los días que tenemos los cristianos como preparación para la Pascua. La Cuaresma, pues, está pensada para intensificar nuestra conversión al Señor. Esto supone recorrer el camino de la superación constante, mediante nuestro empeño personal y la ayuda de la Gracia, de modo que demos muerte al pecado que habita en cada uno de nosotros (Rom. 8, 12-14). Por ello, el camino, la soledad, el desierto, el encuentro con Dios, la prueba, la austeridad y la oración son algunas de las imágenes que definen y delimitan claramente este tiempo.

El tiempo de Cuaresma es, pues, un tiempo de gracia y de misericordia que Dios nos ofrece para convertirnos a Él, y así superar las esclavitudes y las opresiones personales que, sin darnos cuenta, nos atenazan. En este tiempo, Dios, nuestro Padre, se encuentra con nosotros, hijos pródigos de ayer y de hoy, y nos ofrece su perdón, su cariño, su amor. Por ello, la Cuaresma es un reto: vencer el egoísmo con el ejercicio solidario de la caridad y la justicia, sabiendo que todo lo podemos en Aquél que nos sostiene y conforta.

La Cuaresma es el tiempo que nos conduce a la esencia de la existencia cristiana. El misterio de Dios debe ser vivido plenamente. Dios se encuentra en el quicio de cada acontecimiento. Por eso, la Cuaresma atraviesa el desierto de la vida para encontrar a Dios en el oasis de la misericordia. A veces somos faraones de grandes proyectos y de fantásticas construcciones, pero nos falta el amor, el perdón, la solidaridad, la reciedumbre de espíritu, la armonía, la convivencia.

Bonhoeffer, insigne teólogo de las obras de la fe, reflexionaba justamente que los cristianos tenemos el peligro de huir de la verdadera gracia para quedarnos con la posesión y la quietud de una gracia ramplona, fabricada pro nosotros a nuestra singular y caprichosa medida. Ciertamente, cuando recibimos los sacramentos como extensión sincera de la vida hecha don, entrega y servicio, acrecentamos la gracia de Dios en nosotros; es la gracia con mayúsculas de la que habla Bonhoeffer, que exige nuestra incondicional aceptación y participación.

Ser cristiano, ya lo hemos comentado en otras ocasiones, no es nada fácil. Tampoco es un imposible. Es, sencillamente, tomarse en serio los valores y exigencias del Evangelio. Es asumir con todas las consecuencias la llamada de Jesucristo, que nos invita a seguirlo sin tapujos ni rodeos, el que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga (Lc. 9, 23)

Jesucristo murió, y con su muerte y resurrección nos alcanzó la salvación total y definitiva. La muerte y resurrección de Cristo es una invitación que Cristo nos lanza para que también nosotros nos unamos a su sacrificio; para que participemos también en el misterio de su muerte y resurrección mediante el testimonio de nuestra fe y el compromiso de nuestra vida. Podemos y debemos aportar a la pasión de Cristo nuestras propias pasiones: la de nuestras singulares y peculiares cruces y pruebas; la de los grandes sinsabores de la vida; la del sacrificio y la entrega en favor de los demás.

El mundo está roto en mil pedazos. El hombre está dividido y fragmentado. Los valores de la persona están invertidos. La persona humana soporta la carga pesada de las soledades y los sufrimientos, de las guerras y de las enfermedades más terribles y misteriosas. El hombre necesita urgentemente un inversión en favor del hombre. Hace falta que nos entusiasmemos con Jesús y su obra de salvación.

El cristiano debe primero construir «su mundo» interno, y, después, construir el mundo. Como Jesús, tiene que aprender a resucitar cada día para ayudar a los demás a resucitar, a salir de sus miedos, de sus dudas, de sus enquistamientos personales, para que pueda abriste al don de Dios, de modo que cuando Cristo, como a Lázaro, le diga: Sal fuera, (Jn. 11,45) lo haga. Jesús es la Vida. Quien cree en él encuentra la clave del sentido de su existencia; es feliz.

El camino de Jesús fue el camino de la cruz, que es el camino de la vida. No hay nada que pueda compararse al sacrificio libre de la misma vida. Jesús entrega, dona su vida para que los hombre alcancemos la plenitud de la vida. Él es Dios y su gesta divina consistió en tomar nuestra humildad para revestirla de gloria para la ofrenda de la cruz. La muerte da paso a la vida, porque el amor es más fuerte que la misma muerte. Jesús resucita y en su resurrección todos somos vencedores del pecado y de la muerte. Escribe acertadamente el cardenal-arzobispo de Madrid que los cristianos que sumen las exigencias del Evangelio sin componendas de ninguna clase conocen con certeza que la existencia es, en su raíz y vocación constitutivas, un don de la bondad todopoderosa del Padre que invita a los hombres a un trato de amistad en el que encuentren la vida eterna (…). El hijo de la Iglesia sabe (:::) que en las entrañas de su ser late el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, una realidad personal inefable e infinita de verdad, amor y de vida (…), que lo ha destinado a la santidad de los hijos de Dios, confiándole una misión a realizar en la Historia y que se consuma en la eternidad.

Artículo que escribió para el Boletín de Cuaresma de la Cofradía del año 2005, el Sr. Presidente de Cajasur, D. Miguel Castillejo Gorráiz (q.e.p.d.).

Comienzo de una Nueva Andadura

No es fácil emprender  nuevos caminos. Pero la  Cuaresma es una convocatoria especial de Gracia, en la que el Señor nos brinda la oportunidad para emprender una vida nueva en todo lo que somos y hacemos, en nuestros proyectos y relaciones con Dios, con los demás y en nuestro posicionamiento ante las cosas y acontecimientos.

No es mi palabra, sino la del Nazareno que nos repite en su Evangelio: “Para una nueva andadura hay que nacer de nuevo”  y no podemos poner remiendos en tela vieja. Rejuvenecer en el espíritu y carisma de vuestra Cofradía, conlleva una verdadera conversión a Jesús Nazareno y su Evangelio, a su Santísima Madre María Nazarena que nos lleve a vivir como ellos a cada paso la Voluntad de Dios y las actitudes de sus bienaventuranzas. Asumir este camino con alegría nos conducirá con seguridad al monte de la felicidad en la realización plena de nuestra vocación humana, cristiana y cofrade.

Para recorrerlo nos ponemos en las mejores manos, las del Nazareno y su Santísima Madre, cargando cada uno con su propia cruz y ayudando a llevar la de los demás, como hizo vuestro fiel cofrade y Consiliario, refundador del Hospital de Jesús Nazareno y fundador de nuestra familia Hospitalaria de Jesús Nazareno, Beato P. Cristóbal de Santa Catalina.

En el monte del Calvario, donde entrega el Nazareno su vida como gesto definitivo de Amor obediente al Padre y de su amor a la humanidad donde entrega su vida para redimirla y donde también nos dio a María por Madre, puso el P. Cristóbal su mirada de fe y esperanza, como meta de Santidad, porque captó que solo allí, se da la plena liberación de la humanidad oprimida. Allí todos fuimos lavados, purificados y redimidos con la sangre del Nazareno derramada en la Cruz. Esa es la dinámica esencial de la Historia de salvación: Alcanzar por el misterio de la cruz, la gloria de la Resurrección. Ese es el principio y fin de la Buena Noticia del Evangelio que hemos de anunciar con la alegría de la FE y de la Esperanza en la Palabra del Nazareno que nos dice: “ El que de su vida por Amor a Mi y a sus prójimos necesitados, la encontrará glorificada” . Dar la vida unos por otros nos lleva a la Vida, en cambio los egoísmos y el desamor engendran muerte.

 Lo entendió muy bien El Bto. P. Cristóbal cuando olvidado de sí mismo, vino a Córdoba para ser el remedio de tanto pobre, convirtiéndose en alegría y Buena noticia para tanto hambriento, enfermo y marginado. Él nos enseñó con su ejemplo a ser libros vivos y abiertos del Evangelio. La Buena noticia del Nazareno antes de proclamarla con la boca o escribirla en bellos libros, hay que escribirla e imprimirla en el corazón, orarla en las entrañas, no tanto con la verborrea de rezos rutinarios normativos, cuanto con la sangre del corazón, con la vida hecha oración en la intimidad del ser, donde debe ser leída, oída, meditada, gustada, amada, acariciada y convertida en aliento vital del espíritu. Todo esto solo ocurre si nos abrimos a la dinámica del Espíritu Santo, a su gracia que obra en nosotros. Entonces podremos cantar: “El Espíritu de Dios está sobre mi y me ha enviado a anunciar la alegría a los más pobres…” La docilidad y fidelidad al Espíritu nos convertirán en Evangelios vivos, libros abiertos donde se pueda leer el mensaje del Evangelio, escrito en la carne del corazón, donde a cada paso se pueda borrar la vida equivocada anterior y escribir la nueva vida que nos pide el Nazareno, en virtud y coherencia. Con ese mensaje se abre la Cuaresma: ¡C O N V E R T I O S!

 Entonces seremos Comunidad y Cofradía mensajera de la Alegría del Evangelio, como hoy nos pide el Papa Francisco y como nuestro hermano Cofrade, consiliario y Fundador, Padre Cristóbal de Santa Catalina, nos dejó escrito con su propia vida sintetizada en su testamento. Hoy como ayer y siempre nos lo seguirá repitiendo desde su ser ya beatificado por la Iglesia:

“BUSCAD POR ENCIMA DE TODO LA GLORIA DE DIOS Y SU REINO, GUARDAD VUESTRA INSTITUCIÓN ( COMUNIDAD , COFRADÍA ) CUYA ESENCIA ES LA CARIDAD, CON GRAN HUMILDAD DE SI MISMOS, CON GRAN CARIDAD DE LOS POBRES, AMANDOSE UNIDOS EN EL SEÑOR”

Este es nuestro proyecto común, de carácter universal, válido para todo Cristiano, para todo tipo de Comunidad: familiar, eclesial, religiosa, cofrade, voluntariado…). Es el Evangelio concentrado. Los mandamientos de Dios resumidos, para que todos lo apliquemos a nuestro estado, trabajo o misión. Coincide con el mandamiento Nuevo del Nazareno: AMAOS, Y NO HAY MAYOR AMOR QUE EL QUE DA LA VIDA POR LOS QUE AMA”

 La trayectoria de la Historia de vuestra Cofradía gira en torno a este rescoldo de “Amor – Caridad”. Allá por el Siglo XIV los cofrades tejedores hicieron hermandad con el fin de encender el fuego de la caridad cristiana en su pequeña ermita de San Bartolomé, presidida por Jesús atado a la columna. Luego con ciertos arreglos de imagen se convertiría en el Jesús Nazareno actual. Bella imagen que nos habla del camino de “Amor crucificado” que llevamos dicho. En 1579 el gobierno de la Cofradía pasa a la aristocracia cordobesa, El Sr. Obispo Martín de Córdoba y Mendoza, aprueba las nuevas reglas e incorpora como título principal la advocación de Jesús Nazareno, que presidía su ermita, para que animase el espíritu de la misericordia en los cofrades. El Nazareno les recordaría que frente a la limpieza de sangre que exigían como requisito de pertenencia, cuidasen de exigirse a sí mismos, con mayor ardor, la limpieza de corazón que EL pide en su Evangelio. D. José Baldecañas y Herrera Hno. Mayor en 1626-1639 así lo debió entender cuando promocionó el refugio de pobres, y estableció cuadrillas de cofrades para recoger a los enfermos abandonados, ejercicio organizado para vivir la caridad con el prójimo necesitado que se comprometió a vivir la Cofradía en su primitivo origen.

 De 1664-1673 cayó en crisis la cofradía. Careció de Hno. Mayor por nueve años, había flaqueado la Caridad que antes les mantenía vivos. El hospitalillo estaba en paro. Pero la Providencia del Nazareno, vino a despertarla inspirando al eremita Padre Cristóbal, que dejara la vida del desierto y bajase a Córdoba para que le ayudara a llevar la cruz, cargando sobre sus hombros la misión de socorrer a los pobres de aquella época: Ancianas, mujeres tullidas, niñas abandonadas, y una larga lista de otros necesitados. El gobierno de la cofradía, le cedió generosamente el hospitalito para que comenzase en él, esta misión que el Nazareno le había dado, con la garantía de su promesa: “Mi Providencia y tu fe, tendrán esto en pie”.

 El candidato a Hno Mayor fue en 1673 Andrés Fdez. De Córdoba, Conde de Torres Cabrera, quien vió, que el Padre Cristóbal era el Hombre promovido por la Providencia que necesitaba la Cofradía, para reavivar el fuego de la Caridad, esencial en su Identidad, pues era: “ Humilde, sencillo, pobre, despojado de sí mismo, alegre, bondadoso, compasivo, misericordioso, discreto, de relaciones cordiales y pacífica, abierto, respetuoso; de una fe firme, de una esperanza recia y de una caridad fuera de lo común, capaz de realizar las mas sacrificadas obras por servir a Dios, a los pobres y a las necesidades espirituales de la Cofradía. Hombre penitente en continuo camino de conversión, cuya sabiduría interior y magisterio espiritual, sería capaz de animar y renovar la vida cristiana de los cofrades. Hombre de grandes valores Humanos, capacidad de organización y administrativa, ideal para gobernar el hospital; Actitud orante lleno de la experiencia de Dios que daría esplendor a los cultos cofrades, como Capellán y Consiliario de la Cofradía” Todo un regalo del Nazareno a su Cofradía.

 A la luz de su Magisterio y ejemplo de su Caridad ardiente, anduvimos 238 años juntos: Cofradía y Congregación Hospitalaria de Jesús Nazareno, hasta 1911 en que la Hermandad se extingue. Con ocasión del III Centenario del Nacimiento del Padre Cristóbal, renace de las cenizas por un tiempo fugaz de dos años: 1938-1939. Mas tarde en 1972 se reorganiza por segunda vez tras ser aprobados sus estatutos el 24 de Marzo 1972 con el título de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima Nazarena, que cogió la antorcha abandonada, con el fin que marcan vuestras reglas, y que ahora os toca a vosotros conducirla por buen camino manteniendo la llama del espíritu y carisma encendida, Como queda dicho.

  • Reanimando y potenciando el Espíritu de caridad (que animó la vida de los hermanos anteriores) con la ancianidad desvalida acogida en la casa Hospital de Jesús Nazareno y su entorno.
  • Fomentando y difundiendo la devoción a los titulares Jesús Nazareno y María Nazarena, mediante la practica de las virtudes cristianas, y el seguimiento en espíritu y verdad de Jesús Nazareno y María Santísima Nazarena, camino hacia la santidad que os marcó vuestro Cofrade y Consiliario Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina.
  • Tributarles con mucho amor el culto debido tanto en las funciones religiosas litúrgicas, como en los desfiles procesionales y demás obras realizadas en su Honor.

En 1990 celebramos el III Centenario de la muerte del Padre Cristóbal y fue notable vuestra participación. Lo mismo ocurrió en el año 2007; codo a codo trabajamos cofradía y Congregación Religiosa de Hermanas Hospitalarias en la apertura y clausura del proceso del milagro que posibilitó la Beatificación de Nuestro Padre Cristóbal, el día 7 de abril del 2013. Juntos la preparamos, la celebramos, la gozamos y dimos gracias por tanta gracia y maravilla. Ahora tras la beatificación, el Nuevo gobierno de la Cofradía, comienza su andadura y se le abre un nuevo horizonte, sobre la base de la humildad y el fuego de la Caridad y el reto es seguir activando con énfasis nueva, los valores humanos y espirituales heredados y continuar en fraternidad unidos en el Señor la gran tarea de esta Hermandad recogida en vuestras reglas. Y en honor de vuestro Cofrade y Consiliario, Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina, activar juntos el paso definitivo de su glorificación plena por la canonización en Roma. Esta Gracia será más segura, si nosotros avanzamos en santidad de vida viviendo el espíritu y carisma que él nos dejó, como familia de Jesús Nazareno que sigue las huellas y voluntad de, vuestros titulares JESUS NAZARENO Y SU SANTISIMA MADRE NAZARENA. Fuentes de amor, de servicio, de verdad y de luz en las que bebió, nuestro Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina.

Artículo realizado por la Hermana María del Carmen Fernández Villar para el Boletín de Cuaresma del año 2014.

La Hermandad del Nazareno: Hospitalaria por Vocación.

Con este título, hermanos del Nazareno, quisiera recoger lo que yo entiendo que ha sido, es y será una de las características más fundamentales de esta corporación nazarena. Lo digo desde su historia y desde la propia experiencia, con un fraterno deseo de animar a seguir avanzando en esta dirección.

Cuando se trata de comprender una cosa se hace absolutamente necesario ir a su génesis, es decir, a sus comienzos. Allí encontramos su razón de ser y el objetivo hacia el que se encamina. Así pues, tenemos que concluir que nuestra Cofradía es por esencia “hospitalaria”, en el sentido más genuino de la palabra. Si nos vamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos encontramos entre sus dos primeras definiciones lo siguiente: “1. adj. Que socorre y alberga a los extranjeros y necesitados; 2. adj. Que acoge con agrado o agasaja a quienes recibe en su casa.”

Esto es lo que desde siempre se ha difundido desde esa bendita casa en la que vive el Nazareno: el socorro, la acogida y el agrado. Tres rasgos que resumen esa hospitalidad franciscana que el Bto. Padre Cristóbal encarnará y propondrá como estilo de vida a todos los que quieran caminar tras las huellas del Nazareno.

Consiliario y cofrade ejemplar, Cristóbal de Santa Catalina es, ante todo, un hermano de Jesús que quiere vivir este espíritu hospitalario, convirtiéndose en un hombre que acoge a todos los que encuentra en el viaje de su vida con el deseo de que todos se encuentren en Jesús Nazareno.

El Papa Francisco ha definido a la Iglesia como “hospital de campaña”, que tiene como misión primera socorrer y cuidar aquí y ahora las verdaderas heridas del ser humano, las enfermedades del alma que sólo pueden sanar con grandes dosis de misericordia.

En el contexto actual en el que se desarrolla el devenir del mundo cofrade, nuestras hermandades tienen la preciosa tarea de ser esos lugares privilegiados desde los que
se difunda esa “medicina” que hoy tanto se necesita dentro y fuera de la propia Iglesia.
Las cofradías han de ser, más que nunca, “puntos de encuentro” con Dios y con los demás, nuestros hermanos. Hogares de puertas abiertas a todos aquellos que hasta ellas llegan, independientemente del motivo que hasta ellas las conduce.

Familias, en definitiva, donde a todos se valoran no por lo que tienen sino por lo que son. Así serán, de forma más o menos consciente, escuelas de vida cristiana en las que se enseña la práctica del amor fraterno y los valores que se recogen en la Buena Noticia de Jesucristo, la única respuesta satisfactoria a los interrogantes más profundos del corazón humano.

Mis queridos amigos, sed lo que sois ¡Qué regalo y qué responsabilidad ser cofrade hoy! Sois por vocación esa parte de la Iglesia que tiene que salir por las calles de nuestra sociedad para aliviar los sufrimientos de aquellos con quienes compartimos el camino, llevando en el corazón, las palabras y los gestos al Dios que se entrega a través vuestra a todos los que encuentra a su paso.

Hermanos del Nazareno, gracias por ser lo que sois y ánimo en vuestra hermosa tarea. Contad conmigo y con mi oración.

Artículo escrito por el Rvdo. P. D. Juan José Romero Coleto para el Boletín de Cuaresma de 2017

El Cristianismo es una Persona

La experiencia pascual de Jesús de Nazaret, el Cristo, se convierte en la Buena Noticia para el ser humano que busca el auténtico rostro del Dios Vivo. Es la Buena Noticia que debe fundamentar toda la fe cristiana como su esencia más legítima y más auténtica, porque, “el Cristianismo no vive de una nostalgia, celebra una presencia”. (Leonardo Boff).

Juan Pablo II, en el Primer encuentro de la juventud católica Suiza que aconteció el 5 y 6 de Junio del 2004, decía: “El Cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre…. No tengáis miedo de encontraros con Jesús. Es más, buscadle en la lectura atenta y disponible de la Sagrada Escritura, en la oración personal y comunitaria; buscadle en la participación activa en la Eucaristía; buscadle al encontraros con un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación; buscadle en la Iglesia, que se os manifiesta en los grupos parroquiales, en los movimientos y en las asociaciones; buscadle en el rostro del hermano que sufre, que tiene necesidad, o que es extranjero”.

Ante la pregunta: ¿Qué es lo más característico del Cristianismo?…, Podrían darse muchas respuestas como el amor al prójimo, la revelación de Dios como Padre de todos los hombres, la resurrección de los muertos, la organización jerárquica de la Iglesia…, pero serían respuestas parciales. Lo verdaderamente esencial y particular del Cristianismo es una persona, Jesús de Nazaret (su propia existencia, sus palabras y obras, su muerte y su triunfo sobre la muerte, la resurrección).. En definitiva, el Cristianismo no es una ideología o un código de verdades a las que es preciso adherirse para salvarse, sino un encuentro vital con Jesús de Nazaret, el Dios con nosotros.

Recuerda unas palabras magníficas de Benedicto XVI en la Catequesis sobre San Cirilo de Alejandría: “la fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da vida a un nuevo horizonte… Dios es eterno, nació de una mujer y permanece con nosotros todos los días. Vivimos con esta confianza y en ella encontramos el camino de nuestra vida” (3-10-2007).

Cada cristiano debe buscar y encontrarse con Jesús, y hallar desde Él razones para esperar, para confiar y para vivir… En definitiva, una serie de elementos para interpretar críticamente su propia existencia y los hechos que ocurren a su alrededor.

La instancia crítica última para el cristiano no es la familia, ni el derecho, ni la moda, ni las masas populares, ni las costumbres de los pueblos… sino JESÚS DE NAZARET, MUERTO Y RESUCITADO. ´Él es quien desenmascara el profundo ateísmo (vivir sin Dios) de muchos aparentes creyentes, desautoriza cualquier autoridad que no sea servicio a los demás y respeto a las minorías, critica falsas piedades que “con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado, más que revelado, el genuino rostro de Dios y la religión” (G.S.19)

Artículo realizado por el Rvdo. P. D. Francisco Baena Calvo  para el Boletín de Cuaresma de 2012.

Comienzo de una nueva Cuaresma

Un nuevo Miércoles de Ceniza da comienzo a una atípica Cuaresma, al menos para los que nos sentimos Cofrades y sobre todo vivimos muy de cerca el día a día en una Cofradía. Lejos del ajetreo y ruido que habitualmente se concentra en esta época del año en el seno de nuestras corporaciones, de los ensayos de costaleros, reuniones maratonianas y múltiples preparativos para la Estación de Penitencia en la Semana Santa, este año tenemos la oportunidad de centrarnos en lo verdaderamente importante.

Esta Cuaresma debemos vivirla y sentirla con más intensidad, reforzando nuestra Fe y preparándonos espiritualmente para la Gran Fiesta de la Pascua. Tenemos cuarenta días muy intensos por delante en los que la Iglesia nos invita a recorrer el camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo buenas obras. Nos está invitando a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudarán a parecernos más a Jesucristo. Nos está ofreciendo un tiempo de perdón y reconciliación fraterna,

Cristo nos invita a cambiar de vida, abramos nuestro corazón y preparémonos para recibir su gracia.

Como en este complicado año no vamos a editar el Boletín de Cuaresma de la Cofradía, no queríamos dejar pasar la oportunidad de compartir con todos vosotros la información y reflexiones que en ellos ofrecíamos, por lo que, durante esta Cuaresma, iremos publicando cada día un artículo, algunos nuevos y otros recuperados de años anteriores.

Como no podía ser de otro modo, este primer día de Cuaresma queremos haceros llegar el Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2021 cuyo tema es:

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Nuevo Boletín de Cuaresma 2020

Ya está disponible para todos los hermanos y devotos la versión digital del Boletín de Cuaresma de este año 2020 de la Cofradía.

En breves fechas todos los hermanos recibirán copia impresa del mismo por correo ordinario.